lunes, 21 de junio de 2010

De vuelta a casa

Hola cariño. Ya estoy en casa. Siento haber tardado tanto, pero ya sabes como son estas cosas. Agradecimientos, besos, abrazos, hasta prontos y más agradecimientos. Y mientras, yo pensando sólo en ti.

Al llegar no he querido despertarte y me he reservado el beso que te venía guardando desde esta mañana. En vez de eso, he preferido sentarme en el suelo, junto a la cama, para poder ver como duermes, tranquila, acurrucada en tu rincón. Me gusta ver cómo la luz del alba madrugadora se cuela por las rendijas de la persiana y se posa en tu cuerpo, desnudo bajo la sábana.

Te das la vuelta, se mueven tus piernas y tus brazos tantean instintivamente el vacío a tu lado. Sonrío. Estoy aquí. Aunque tu no lo sepas. El movimiento descubre tu espalda morena, bañada sólo por la caricia de tu melena. Tu mano se acerca a tu cara y acuna a tus labios suaves y tiernos. Dulces al besarlos. Amargos al echarlos de menos.

Un escalofrío recorre tu cuerpo de pies a cabeza. El intento de taparte fracasa y deja tu cuerpo más al descubierto, a la vista de cualquiera. Pero sólo soy yo el que observa y el que ahora sucumbe ante la irresistible tentación de acercarme y taparte o besarte. Lo hago tan lentamente que tu cuerpo se estremece y se encoje, cobijado por el calor de mi cercanía. Quiero tumbarme a tu lado, pero sigo temiendo turbar tu dulce sueño. Vuelvo a fracasar. Abandono mi ropa en el suelo y me acerco a ti. Reconfortada, posas tu mano en mi pecho y sueltas un suspiro. Tus labios rozan mi hombro. Noto su calidez y respiro hondo, cerrando mis ojos cansados, haciendo recuento de las veces que he pensado hoy en este momento. Me sale infinito y se me escapa una sonrisa. Mi cuerpo se apaga y no quiero. Me resisto y lucho contra todo para alargar esta pausa y seguir disfrutando. Sé que al final caeré.

También sé que, cuando despiertes, sonreirás con los ojos entreabiertos y pasearás tu mano por mi pelo. No me daré cuenta, pero tu seguirás haciéndolo. Sin prisa. Me lanzarás un te quiero susurrado al oído, consciente de que estaré muy lejos, pero muy cerca a la vez. Te preguntarás si te he oído. Por si acaso, te acercarás y descansarás un rato más abrazada a mi cuerpo inerte. Desearás que despierte para oír mi voz diciéndote hola. Como fue, preguntarás. Te eché de menos, contestaré.

Hazme un favor.

Vuelve a dormir.

Cuando despierte, quiero que estés junto a mi.

miércoles, 16 de junio de 2010

Pasaba por aquí

Perdón. Pasaba por aquí y me ha apetecido decir algo, aunque sea poco. No quisiera entretenerte a estas horas. Llevo todo el día hablando, y parte de la noche también, ya me duele la garganta y empiezo a estar cansado y con dolor de cabeza. No, no es el whisky, solo ha sido uno y corto. El exceso de hoy han sido los cafés y algún que otro ataque de huevos. Pero llevo tres días pensando en lo que eché de menos la otra noche tener a mano el ordenador, el bloc o, sencillamente, un pedazo de papel.

La verdad es que ahora me parece indescriptible el rato que pasé tumbado en la arena junto al trípode y la cámara disparando fotos que, al volver a ver, me parecen sacadas de un cuento. Arena, aire fresco del mar y, como no, el sonido incesante de las olas. Como suba la marea un poco más, pensé, voy a tener que echar a correr. Evidentemente, tuve que levantarme con urgencia, agarrar la cámara y saltar hacia atrás. Pero sigo viendo las estrellas y la arena. Sigo oyendo el sonido de las piedras arrastradas por el mar. Sigo oliendo la humedad salada en el aire. Una noche mágica, pensarás. No fue ni una noche, solo un rato. Suficiente.

Me pregunto cuanto tiempo me va a durar esta resaca. Desearía que no acabara nunca, aunque se que es difícil. El recuerdo será sustituido por otro, espero que mejor. Para peor, ya están los telediarios y los periódicos. Tener una docena de fotografías ayudará a conservarlo. Haberlo explicado en voz alta, también. Por aquello de oírlo decir. También puedo intentar evitar que alguien me joda este recuerdo con cualquier tipo de crítica destructiva sobre mis comportamientos o decisiones. Es algo mío, y le tengo aprecio. A ratos, la verdad, me da igual.

A otros ratos, creo que también.

Pero yo solo pasaba por aquí.

Y no quería entretenerte.

lunes, 7 de junio de 2010

Monstruos

O diablos. Cada cual tiene los suyos. Los niños los sufren cuando convierten sus dulces sueños en amargas pesadillas. Los menos niños, cuando sus pesadillas tornan sus vidas en un infierno de pulso acelerado y carreteras inacabables rumbo a ninguna parte. Lo reconozco. Mi último monstruo acabó torturando a alguien por simple aburrimiento sin que mi otro yo, el del sueño, pudiera hacer nada por evitarlo. Joder, pensé, para esto mejor no duermo.

Los pilares que sostienen tu existencia son capaces de arrancarte el alma desde dentro de tu corazón, sofocando tus gritos de dolor y convirtiéndolo en un aullido inaudible, ahogado en su propio llanto. Los fantasmas se pasean escondidos tras espaldas bañadas en mentiras, abriendo los ojos tanto que absorben toda la luz que gira a su alrededor, dejándote sumido en la penumbra de tus recuerdos olvidados.

Cierro la puerta y se hace la luz, durante un rato. Me aburro de hablar solo. Cada noche la misma programación absurda tras el prisma de una botella medio vacía y un cenicero que no deja de humear, mientras me desvanezco y los monstruos toman posesión del territorio desértico en el que habito y que abandono sin atrición.

Va a pasar algo. Seguro. Preparan una invasión sin preaviso; ya están bajando los interruptores y ultimando los detalles. Tienen las barricadas listas, una cárcel sin barrotes de la que no se puede huir y tenedores de plástico clavados en tu espalda, señalando a la víctima que está por llegar. Tu infierno particular, articulado a tu manera, con todas las incomodidades de serie y posibilidad de pagar a plazos, gastos de escritura incluidos.

Sin escape, derribado, agotado y sin aliento. Y con un corazón disfrazado de superhéroe en horas bajas que se anima solo los días pares para salvar unas barreras autoinfligidas que no siempre puedes saltar. Y que muy a menudo te dan en la cara y te parten en dos. Ya dividido, te enfrentas a dos caminos paralelos con diferentes paisajes y un análogo final: comprender. Llegados a este punto, puedes, tranquilo, dar con tus huesos en el duro asfalto, estar agradecido por no estar más muerto y levantarte, para seguir buscando.

Si lo haces bien, siempre puedes encontrar un pedazo de cielo en la tierra.

Y algún que otro ángel.

viernes, 4 de junio de 2010

No. No puedo. Soy incapaz. O a lo mejor es que soy adicto, o sufro algún tipo de trastorno de múltiple personalidad. Pero el caso es que no puedo dejarlo. Sé que dije adiós, tal vez porque necesitaba volver a empezar. Y al día siguiente tenía ya ganas de decir que no. Que no me da la gana.

Cierto que un adiós no significa hasta luego. Tampoco es una excusa para batir ningún estúpido récord de visitas a este, mi rincón en el mundo. Ni tan siquiera una triste manera de llamar la atención. Estaba convencido de irme. Y he fracasado. Es un alivio. Realmente, necesito poder levantarme de la cama y volver a aporrear las teclas. Tiene que ser aquí, no en otro sitio. Porque este es mio. Lo decoré a mi antojo con los saldos que encontré en las rebajas, y he ido cambiando alguna bombilla, cuadros con fotos que no me hacen falta por otras que sí, y ya está. Lo que hacía falta era una mano de pintura, una alfombra nueva y alguna que otra llamada inquisidora de quienes se han aficionado no sólo a escucharme sino también a leerme. Que no se equivoque nadie. La decisión estaba tomada, y me había ido. Pero lo necesito. Me hace falta. Me haces falta.

Tenía muchas preguntas, y he encontrado respuestas para elegir. Y me alegra el reto de encontrar más preguntas. Qué es la vida, si no una búsqueda constante de preguntas con las que mantenerte entretenido. Si me soy sincero y me pregunto qué fue lo que me hizo cambiar de opinión, pues fue un abrazo. Uno por el que me tuve que agachar. Por el que me tuve que esforzar en entender qué decía. No te vayas. Al final lo entendí, claro. Lo vi todo un poquito más claro, o menos oscuro. Luego, las matemáticas hicieron su trabajo y me demostraron que no siempre uno más uno son dos. A veces es solo uno. Otras, son muchos más.

Entiendo que debía decir adiós. A qué o a quien, pero adiós. Ya está. Y vuelvo a empezar. Han pasado días, que creía que serían meses, pero sigo aquí. No he vuelto. En realidad, nunca me fui del todo. Habría sido una estupidez y no me habría servido de nada huir. En cambio, me he dedicado a aprender. Observar, escuchar y responder. A ver hacia dónde me lleva esta vez la partida de ajedrez que supone mi existencia. Si pierdo, gano o quedo en tablas, me da igual. Solo hay una cosa que tengo clara a estas horas.

Voy a pasármelo bien.

Juegas?