lunes, 26 de abril de 2010
martes, 6 de abril de 2010
Sobre imágenes y palabras
Siempre he oído decir que una imagen vale más que mil palabras. Mi afición por las palabras entra entonces en conflicto con mi afición por las imágenes, pero ayer no tenía mi cámara a mano, por lo que no pude guardar como jpeg. Y tampoco tenía mi bloc cerca, así que tuve que retener aquel momento en la cabeza y esperar para centrar todas las ideas y sensaciones que me asaltaron entonces.
La imagen puede parecer de lo más simple. Pero una única foto no sería suficiente para explicarlo todo. No se puede apreciar la penumbra del comedor. No se puede escuchar el murmullo del televisor, al mínimo, para no molestar. Ni el sonido de tu respiración, acompasada con la mía. No hay máquina capaz de retratar mi mano sobre la tuya, acariciando cada centímetro de tus dedos, suaves y cálidos. Sin mucho esfuerzo, aún puedo sentir tu piel, enroscada entre mis brazos, mis piernas sobre las tuyas, y mis labios buscando dónde aparcar durante un rato, mientras sigo acariciando tu melena negra como la noche, brillante como la luna de tu espalda. Me susurras al oído palabras casi ininteligibles, que solo acierto a adivinar. No puedo dejar de susurrar tu nombre una y otra vez, y tu no puedes dejar de acariciar mi pelo y mi rostro, ni mi alma, que nada junto a la tuya entre un tumulto de ideas y palabras que nos siguen al respirar.
Me siento incapaz de expresar el sentimiento que rodea nuestros cuerpos. Parece imposible hacerlo con simples palabras, inventadas a medias, incapaces de hablar por sí solas y describir lo indescriptible. Vuelvo a musitar tu nombre. Tu, el mío. Otra vez. Y otra más. Siento tu olor al moverte y dejar tu espalda al descubierto para que yo la bese una vez más, y te rodee con mis brazos, haciéndome grande mientras tu te recoges a mi abrigo. Aprieto con fuerza. Sueltas un suspiro. Te sigo.
Pasan los minutos y seguimos el uno enroscado en el otro. Adoro hablar contigo. Adoro que me hables, recojas mi cara en tus manos y acerques tus labios a los míos con tal suavidad que parece un sueño. No hay palabras mágicas. No hay dobles sentidos. Solo los tuyos y los míos, dándose un festín. Hay una palabra que me viene a la mente. Inigualable. Otra. Impresionante. El don de la palabra se queda corto, otra vez. Por un momento, la idea de tenerme que ir y dejarte, aunque sea durante un rato, se torna aterradora. Tu imagen, junto a mi, me devuelve a la realidad de tu movimiento, acomodándote a mi cuerpo, cada vez más metida dentro de mi pecho y dejando que mi abrazo te siga apretando hasta el corazón.
Pero, sobretodo, me quedo con la imagen de ese momento interminable. Mi mano agarrando la tuya, entrelazando los dedos, gozando de su caricia. La estoy viendo y se que no la olvidaré. Te debes preguntar a qué viene esa cara embobada mirándote a la mano. Estoy guardando el momento de esa imagen que nunca será borrada. Tiene todos los números para quedar grabada a fuego en mi memoria, como tantas otras. Te veo. Te observo. Y sigo aquí.
No tengo ni la más remota idea de cuantas palabras he podido usar para describir la imagen de ese momento en concreto. Lo que si se, con toda seguridad, es que me habré quedado corto. No creo que se pueda describir todo ese brote de sensaciones ni con mil, ni con tres millones. Tal vez sea que, por su naturaleza, no se pueda explicar esa imagen.
Una sola imagen.
La tuya.
Para la que sobran las palabras.
lunes, 29 de marzo de 2010
Cerrado por demolición
Iba a titular por derribo; menos mal que he reaccionado a tiempo y he podido evitar alguna demanda de la Sgae. Aunque al paso que voy, es sólo cuestión de tiempo. De alguien será la culpa, digo yo.
Si esto fuera un blog normal, ahora seguiría escribiendo sobre derechos de autor y culpabilidades varias. Pero para desgracia de algunos, no lo es. Así que me olvido de los derechos de autor, que tampoco me interesan tanto, y me centro en la culpa.
De todas las preguntas que me hacen a diario algunas gentes, incluidos varios de mis alumnos, hay una que siempre me hace sentir como si me estuvieran retorciendo los cojones: De quien es la culpa? Sí, sí, tal cual.
Veintidós millones setecientas mil entradas en Google, en sólo 0,29 segundos. Y seguro que han omitido resultados por culpa de alguien. Me centro en las citas célebres, que también hay unas pocas y en ninguna intentan venderte un curso práctico de superación personal. A ver. Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie, Concepción Arenal. Mis jefes discreparían, seguro. Sigo leyendo. Los sentimientos de culpa son muy repetitivos, se repiten tanto en la mente humana que llega un punto en que te aburres de ellos. El bueno de Arthur Miller. Me pregunto como se casaría con Marilyn. Quizás esto lo dijo tras el divorcio. Me centro.
Esta es buena, pero la dijo un santo, y ahí mejor no me meto. Buf. Mejor se puede disculpar el que se muere de miedo, que el que de miedo se mata: porque allí obra sin culpa la naturaleza; y en éste, con delito y culpa, el discurso apocado y vil. Y esta vez yo me pregunto porqué con Quevedo se hace todo más elegante, más poético y, sobretodo, más complicado. Aunque si de complicar se trata, Rosseau. Si acaso, vuelva usted mañana. Llevo ya una buena sobredosis de pensamientos profundos como para pensar en él. O con él. Qué coño, está muerto.
Hay un remedio para las culpas. Reconocerlas. A quien le interese, que busque en la wikipedia la vida del tal Grillparzer, a mi no me apetece ahora. Esta de Anaxágoras es buena. No es que sea una culpa pura, pero es buena. La guardo para luego.
Llevo unos 30 minutos delante de la pantalla y no me acuerdo a quien le habré echado la culpa por haberme hecho salir de la cama, echarle whisky al hielo y algo raro al cigarro, y haberme tele-transportado frente al ordenador para darle rienda suelta a la CPU. Ahora el hielo vuelve a estar huérfano, el cigarro ha pasado a muy mejor vida, y yo sigo sin saber de quien será la culpa de que mañana me pregunte porqué acabé hablando de tanta culpa, si nunca es de nadie. Aunque de algo estoy seguro. Lo que realmente no me dejaba dormir, ahora me importa menos, por lo menos hasta dentro de un rato. Hasta que se me pasen los efectos de los sedantes contra la mala hostia que me he tomado, sin la preceptiva receta médica. En realidad, me da igual. Me vuelvo a la cama, a ver si ahora hay más suerte y no encuentro ni culpas ni culpables. No al menos sin un buen abogado.
Casi se me olvida.
La frase.
La primera vez que me engañes, será culpa tuya; la segunda vez, la culpa será mía.
jueves, 18 de marzo de 2010
Sábado menos dos
Llueve. Nada en la tele. Ordenador; a ver si encuentro alguna que otra sorpresa. Así que deja que te cuente. O cuenta tu primero. No, mejor los dos a la vez. Sabes qué: te voy a ver. Sorpresa. Y el pulso, más rápido que el último AVE del día.
Sigue lloviendo. Buen recurso para acercarnos. Lo mismo que la música, demasiado alta. Si te despistas, te muerdo. Si me despisto, me muerdes. Se admiten apuestas.
Pasan las horas. Despacio. Creo que me he despistado. Los dos ganamos la apuesta. Por activa y por pasiva. Otro despiste, más largo. Otro más. Y otro. Ideas, música, palabras, besos, respiración agitada y luego, silencio. Sólo el tic-tac de un reloj de pared y el resplandor de un televisor enmudecido. Mi mano, en tu espalda. Tu caricia, en mi pelo. Susurros ininteligibles entremezclados con suspiros alados, revoloteando a sus anchas por tu habitación. La banda sonora, entre el Imagine y el Run run. El decorado, desde Tavertet a Egipto, pasando por Brasil, con escala en tus labios. Por no hablar del fin de semana en tu melena, o agazapado en tu cuello.
Y la declaración de intenciones de Paul.
No more lonely nights.
jueves, 18 de febrero de 2010
Morir
Ahora si que ya no sé que decir. Los mitos han muerto. Viva los mitos.
Ya nada parece igual. Seguramente porque de tanto observarlo ensimismado, no he podido darme cuenta de cómo todo cambiaba a mi alrededor. Qué estúpido. Todo ha pasado a monocromo, como esas viejas fotografías que te recuerdan que, tiempo atrás, también hubo una historia. Y que también se acabó. Pero como siempre, la oscuridad que llevas a cuestas se conjura para no dejarte ver que la historia continuaba. Con otra, diferente. Distintos personajes, distintos roles, distintos decorados. Quizás la secuela no sea mejor que la original, pero seguro que será diferente. Esto viene garantizado de fábrica en todos los modelos.
Inconscientemente, nos convertimos en parte de una maquinaria mal engrasada y nos dedicamos a mecanizar toda nuestra vida de tal manera que, cuando queremos darnos cuenta, la maquina ha quedado obsoleta y ha sido sustituida por otra, más moderna, más potente, y más compleja. Y no sabes usarla. Te quedas colgado, sólo, abrumado por la velocidad de todo lo que te rodea sin ser capaz de dar el más mínimo paso. Ahí está tu capacidad de reacción. Todo lo que puedas hacer a partir de ese punto radica en lo rápido que seas en re-calcular la ruta a seguir.
No digo que haya que tomar decisiones precipitadas, sino que hay que tomarlas. Y una vez esbozada la linea, seguirla, y tener previstos todos los imprevistos. Para sorpresas estúpidas ya está la tele.
Puede que en algún momento dudes y tiembles de miedo. Decía Paulo que el miedo existe hasta que lo inevitable sucede y que, a partir de ese momento, no debemos malgastar nuestros esfuerzos en él. Esta es una de esas frases que, por algún extraño motivo, uno guarda cerca para cuando tenga que recordarla. Ese momento ha llegado. Por lo menos para mi. Y la decisión es clara y está tomada. Tengo que morir.
Es la única manera de seguir hacia adelante. No hay otra alternativa. Hay quien se tomará esto al pie de la letra. Seamos pragmáticos. Los griegos lo tenía más claro que nosotros, con sus mitos sobre un pájaro que cada quinientos años se reducía a cenizas para reinventarse. A eso mismo me refiero. A la opción de seguir buscando sinónimos para imbécil, o a morir, para poder volver a nacer. Ni mejor ni peor. Solamente diferente. Dice la sabiduría popular que los cambios son buenos. Aquel que no sea capaz de ver el reflejo de las cosas que le pasan, seguro que discrepa con esto de los cambios. Para mi, está muy claro.
No puedo seguir parcheando la existencia del último monstruo insomne. Debo matarlo. Destruirlo por completo.
Para volver a crearlo.
Para volver a nacer.
So be it.
viernes, 12 de febrero de 2010
(A)
Felicidades. Es la primera vez en muchos meses que te atreves a lanzar una pregunta directa y explícita. Sin tapujos. Te has pasado demasiado tiempo escupiendo indirectas, deslizándote por ese juego que tan bien conoces y que tan bien te ha estado funcionando hasta ahora. Has llegado a varios callejones sin salida, viniendo de diferentes frentes de guerra que han minado tu confianza pero que, a la vez, han templado tus nervios, convirtiéndote en una estatua de hielo capaz de no mostrar signo alguno de debilidad. Eso, según tú. Quien te observe, puede ver tu fachada y desmontarla ladrillo a ladrillo. Aunque lo curioso del tema es que un mal paso hace que la fachada se rehaga y haya que volver a empezar. Pero eso es divertido.
Volviendo a tu pregunta. De verdad te importa tanto? Te he dicho muchas veces que no hace falta saberlo, que tu eres tu única juez y parte, que tu decides. Al fin y al cabo, acabas durmiendo contigo misma cada noche, y levantándote cada mañana con la misma persona. Bueno, con la misma quizás no; un poco diferente. O me equivoco?
No se que contestarte. Eres una mezcla de dos universos paralelos y te encuentras prisionera en mitad de un gran agujero negro que conforma tu existencia mientras te esfuerzas en potenciar los extremos que te hacen perder tu quintaesencia. Y tan entrometida estás en ese esfuerzo que dejas para dentro de un rato el disfrute de ese momento en el que realmente eres tú misma. Y eso, pequeña, no te lo puedes perder, porque no lo podrás recuperar. Y si puedes, te costará horrores, y tampoco te sabrá igual. Te digo siempre que cada paso tiene su momento, y que, a su vez, tiene un sucesor y un predecesor. Tu estás viviendo tres pasos más allá. Algún traspiés debiste dar para caer en ese descuido. Eso lo sabes sólo tú. Y como nunca eres clara, es difícil que venga alguien a darte una respuesta a tu pregunta. No deberías tener que hacer esas preguntas, aún no.
John Lennon decía que la vida es eso que pasa mientras te dedicas a hacer otras cosas, y tu estás muy dedicada a esas otras cosas. Lo reconozco, yo también. Y el otro, y el de más allá. Como dejar de hacerlo es cosa de cada uno, pero todos nos encontramos en un momento u otro en situaciones como esta y no sabemos como solucionarlas. Pero tenemos que aprender a hacerlo, o la vida se acaba y tienes que empezar de cero. Teniendo en cuenta que tú aún estás empezando de cero, lo mejor que te puedo decir es que dejes de pensar en toda esa tormenta que te sacude la cabeza día tras día y utilices tus energías en algo que te haga sonreír antes de acostarte y nada más levantarte.
El resto, no vale la pena.
martes, 19 de enero de 2010
Hadas
Me divierte, que quieres que te diga. No hasta un extremo de retorcerme en el suelo con un ataque de risa estúpida pero, al menos, me entretiene. Era algo que tenía que llegar, tarde o temprano, y aburrido de buscar hadas por todas partes, siempre es bienvenida un poco de acción pasiva.
Recuerdo. La culpa es de las hadas. Por su silencio.Por su quietud. Por el efecto nocivo que tienen sobre el cuerpo sin vida de un corazón incorrupto que pasea inanimado por entre las sombras del olvido. Por estar en todas partes y en ninguna. Hasta por recordarme que, a pesar de ti, sigo aquí.
El aire que respiro me sabe a una mezcla de odio y resentimiento hacia esos capítulos que parecen acabados y que no acaban de cerrarse. Me gustaría pegarles fuego y observar, psicótico, como arden sin piedad, bajo la luz de una luna tan cómplice como culpable. Demasiados cambios. Demasiada velocidad. No da tiempo a hacerse a la idea de algo, cuando otro espectro se cruza en tu camino para amargarte la existencia y recordarte que, aunque no quieras, esta es la única realidad que existe. Los universos paralelos son sólo una teoría, aunque a veces desearía poderles echar un vistazo, por fugaz que fuera, para ver si en otra dimensión las cosas funcionan igual que aquí.
O me equivoco. La tensión va en aumento, el tiempo pasa y la cosa no mejora. Se va volviendo cada vez más oscura y difusa. Confusa. Cada vez que salto, me levanto sobre la silla y grito que ya basta, el silencio aparece durante diez míseros segundos y luego vuela a cualquier otra parte. Cualquiera dirá que tiene prisa. Si de tratos se trata, hice un pacto para que un grito tuviera efecto más tiempo y todo se apaciguara alrededor. Me siento estafado. Será que no estoy preparado para oír el eco de mi propio silencio.
Aunque de algo sí estoy seguro. La culpa es de las hadas.
Por su belleza.
Por su mirada.
Por aparecer cuando menos las esperas.
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